top of page

MEDICINA Y VERDAD. LA BANALIDAD DE LA MENTIRA: UNA LECTURA CLÍNICA Y PEDAGÓGICA DE LA OBRA DE ALBERTO LIFSHITZ

 

 

 

 

Medicina y verdad. La banalidad de la mentira de Alberto Lifshitz no es un tratado de semiología ni un manual de terapéutica; es una reflexión sobre el fundamento moral del oficio del médico. Quienes ejercemos la medicina interna sabemos que la enfermedad rara vez se presenta con la nitidez de un diagnóstico de libro. Y quienes además nos dedicamos a formar médicos comprendemos que enseñar no es transmitir certezas, sino educar en el arte de convivir con la duda. Este libro toca ambas fibras con una honestidad que agradecemos.

 

     Conviene, pues, detenernos en sus tesis con la atención que merecen. Porque si algo nos recuerda Lifshitz es que la verdad, en medicina, nunca es un asunto trivial.

 

     Lifshitz parte de una definición deliberadamente humilde. La verdad, escribe, es "lo que se corresponde con la realidad objetiva", una noción que él mismo califica de terrenal y hasta burda. Reconoce sus límites sin coquetear con ellos. Y desde esa humildad construye algo más fino: la verdad no es unívoca. Abarca descripciones fácticas, convicciones personales, principios éticos, dogmas, consensos y soluciones pragmáticas. La verdad es tanto la realidad en sí como aquello que alguien cree verdadero.

 

     Esta distinción no es un juego semántico. En la práctica clínica lo comprobamos cada día. La medicina se ha aferrado históricamente a la ciencia para acercarse a lo verdadero, y ha hecho bien. Sin embargo, ¿cuántas de nuestras decisiones se toman sobre terreno firme? La mayor parte de nuestro trabajo transcurre entre la incertidumbre, el riesgo y la probabilidad. De ahí que Lifshitz formule con lucidez lo que llama la paradoja de "la verdad sin certeza". Sabemos, pero no del todo. Actuamos, pero sin garantías. Prescribimos sobre intervalos de confianza, no sobre revelaciones.

 

     Y hay más. La eficiencia del médico no depende únicamente de la verdad científica. El eje del trabajo clínico exige herramientas que ningún ensayo aleatorizado puede cuantificar: la intuición, la compasión, la empatía. El sufrimiento del paciente, sus temores, sus expectativas, no se comportan como variables medibles. Son subjetividad pura, y esa subjetividad es el corazón del acto médico. Un dato de laboratorio se interpreta; una angustia se acompaña. Quien confunde ambas tareas ha entendido poco de esta profesión.

 

     Una de las aportaciones más valiosas del libro consiste en separar con nitidez los dos opuestos de la verdad. El error es involuntario; la mentira, deliberada. El primero pertenece al orden de la falibilidad humana, esa que ningún clínico, por experto que sea, logra desterrar por completo. La segunda pertenece al orden moral, porque supone la intención expresa de engañar.

 

    La diferencia es abismal. Podemos perdonar el error, aprender de él, incorporarlo a la cultura de la seguridad del paciente. La mentira, en cambio, atenta directamente contra la dignidad y contra el vínculo más frágil y precioso que tenemos: la confianza. Lifshitz lo advierte con una fórmula que debería inscribirse en la entrada de toda facultad de medicina: "Falso en una cosa, falso en todo". Cuando un paciente descubre que su médico le ha mentido, no pierde la confianza en esa mentira concreta; la pierde para siempre y por completo. El daño es estructural, no episódico. Reconstruir esa confianza suele ser tarea imposible.

  

     Inspirándose en Hannah Arendt y su célebre análisis sobre la banalidad del mal, Lifshitz introduce dos categorías que iluminan nuestro presente con inquietante precisión. La primera es la "banalidad de la mentira": esa normalización del engaño que nos lleva a ignorar sus consecuencias inmorales o nocivas. Mentir deja de escandalizar. Se vuelve costumbre, procedimiento, hasta cortesía.

 

     La segunda es más sutil y quizá más peligrosa: la "banalidad de la verdad". Se trata de un estado social en el que la distinción entre lo verdadero y lo falso deja de importar a las personas. No es que se prefiera la mentira; es que la verdad ha perdido su prestigio, su capacidad de convocar y de obligar.

 

     ¿No es acaso este el clima en el que hoy ejercemos? La llamada posverdad ha penetrado también en la medicina, ese territorio donde los hechos se armonizan con los deseos y las creencias hasta volverse indistinguibles. La mentira médica moderna rara vez se presenta con rostro descubierto. Se disfraza de verosimilitud, se enmascara en medias verdades, se ampara en la manipulación estadística. Un número puede mentir sin decir una sola falsedad. Reconocer estas formas sofisticadas del engaño es hoy una competencia clínica tan necesaria como saber auscultar.

 

     Durante siglos, la relación entre médico y paciente estuvo dominada por el ocultamiento. El paternalismo médico daba por sentado que el profesional debía decidir por el enfermo "por su bien", sin consultar su opinión ni respetar su voluntad. La verdad se administraba como un fármaco de dosis peligrosa, mejor no revelada.

 

     Hemos avanzado hacia un modelo que reconoce la autonomía del paciente y su derecho a saber. Sin embargo, Lifshitz no cae en la ingenuidad de proclamar una verdad despiadada. La revelación, sostiene, debe administrarse con sensibilidad y criterio, ponderando la vulnerabilidad emocional de cada individuo. Aquí reside una de sus enseñanzas más finas para quienes formamos médicos.

 

     El autor examina el recurso a las "mentiras piadosas" o "blancas", tan arraigado en nuestra tradición. Y no las absuelve. Una mentira compasiva sigue siendo una mentira, y conserva intacto su poder de destruir la confianza si el paciente descubre el engaño. Frente a esa disyuntiva falsa entre la crudeza y el embuste, Lifshitz propone algo más elegante: administrar la verdad. Elegir el momento oportuno, cuidar la secuencia y la progresión, atender al lenguaje, al recinto donde se comunica, a los testigos que acompañan. A veces basta con responder únicamente a las preguntas que el paciente formula, ni más ni menos. Decir la verdad, entonces, se revela como un arte clínico de pleno derecho, no como un mero deber notarial.

 

      Pocos temas revelan mejor la complejidad de nuestra profesión que el efecto placebo. Lifshitz lo aborda sin condescendencia. El placebo no es "nada"; posee un componente activo que induce cambios neurofisiológicos reales. La expectativa, el condicionamiento pavloviano y la propia relación terapéutica desencadenan liberación de endorfinas y dopamina, y activan estructuras como el giro frontal medio. La creencia, literalmente, modifica el cerebro.

 

     Esta constatación exige una lectura histórica honesta. Durante siglos, el efecto placebo y la tendencia natural de muchas enfermedades a resolverse por sí solas —aquella vis medicatrix naturae de los antiguos— sostuvieron el prestigio de una medicina que, medida con criterios contemporáneos, resultaba en buena parte ineficaz. Curábamos sin saber por qué, y a menudo curaba la naturaleza mientras el médico se llevaba el mérito.

 

     De aquí se sigue una consecuencia metodológica ineludible. Precisamente porque el placebo y la remisión espontánea existen, no basta comparar un tratamiento con la ausencia de intervención. El ensayo clínico controlado, con un tercer grupo verdaderamente sin placebo, se vuelve indispensable para medir la efectividad real de lo que ofrecemos y para no engañarnos con nuestros propios sesgos. La ciencia rigurosa nace, en parte, de reconocer humildemente cuánto nos ha engañado la apariencia de eficacia.

 

     Uno de los ejes más ambiciosos del libro cuestiona el pensamiento lineal de causa y efecto que todavía domina buena parte de nuestra formación. La verdad clínica, sostiene Lifshitz, no se alcanza por esa vía. Cada paciente es un universo único, irrepetible y multicausal. Las enfermedades no obedecen a una sola causa; lo subjetivo participa activamente en su curso; el organismo se involucra como un todo y no como una suma de órganos aislados; y el entorno del enfermo es dinámico, cambiante, imposible de congelar en un expediente.

 

     Enfocar la medicina desde las ciencias de la complejidad no es un capricho intelectual, sino una necesidad epistemológica. Reducir a un paciente a la suma de sus sistemas equivale a leer un poema contando sus sílabas. Se pierde, en el recuento, aquello que precisamente importa.

 

     De esta visión emerge una idea que conviene subrayar. El propósito supremo de la medicina no es la búsqueda de la verdad por sí misma, sino el beneficio directo del enfermo. Y, sin embargo, verdad y bienestar permanecen indisolublemente unidos. Nuestra responsabilidad no se rinde ante una verdad abstracta y aislada, sino ante la salud concreta de los pacientes y de la sociedad. Esa responsabilidad debe fundarse en lo verdadero a través de la ciencia, la tecnología, la ética, el respeto y las relaciones humanas. Ninguno de estos pilares sobra.

 

     El libro no rehúye la incomodidad de mirar la salud convertida en mercancía. Existe una tensión real, a veces abierta y a veces silenciosa, entre la verdad clínica y la salud entendida como negocio. De esa tensión brota lo que Lifshitz denomina la "fabricación de necesidades": la medicalización de procesos de la vida cotidiana que nada tienen de patológico.

 

     La tristeza, el duelo, las preocupaciones ordinarias, los trastornos menores del sueño, todo puede convertirse en enfermedad si hay un mercado dispuesto a sostenerla. Se inventan diagnósticos y se ofrecen tratamientos para dolencias que la humanidad soportó durante milenios como parte del vivir. ¿En qué momento sentir pena se volvió un síndrome? ¿Cuándo dejamos de acompañar el duelo para empezar a tratarlo? Cada vez que ampliamos artificialmente la frontera de lo patológico, retrocede un poco la verdad y avanza un poco el interés. El médico que no advierte esta deriva corre el riesgo de convertirse, sin proponérselo, en agente de un negocio antes que en servidor de un enfermo.

 

     Medicina y verdad. La banalidad de la mentira no ofrece consuelo fácil ni recetas. Ofrece algo más duradero: una invitación a pensar con seriedad qué significa ser veraces en una profesión que se ejerce sobre el filo de la incertidumbre. Para quienes formamos a las nuevas generaciones de médicos, el libro de Lifshitz debería ocupar un lugar de honor en la biblioteca clínica y en la conversación cotidiana con nuestros residentes.

 

     Porque, al final, la verdad en medicina no es un dato que se posea, sino una virtud que se cultiva. Se aprende a decirla, a administrarla, a defenderla del ruido y del negocio. Y se aprende, sobre todo, a merecer la confianza que el enfermo deposita en nosotros cuando, en su hora más frágil, decide creernos. Cuidar esa confianza es, quizá, la más alta de nuestras verdades.

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page